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lunes, 12 de enero de 2015

Luis de Requesens, el general catalán que dio hasta su última gota de sangre al Imperio español

Educado junto a Felipe II, el diplomático y militar nacido en Barcelona fue el hombre de confianza del Rey que tuteló a don Juan de Austria en la batalla de Lepanto. Murió en la guerra de Flandes en medio de un motín generalizado de las tropas hispánicas
Biblioteca Nacional de España
La implicación militar de los catalanes, cuyos fueros prohibían expresamente servir en una fuerza armada lejos del principado, fue casi siempre nula en los asuntos del Imperio español. Así, son pocos los soldados catalanes que protagonizaron grandes gestas o batallas de los siglos XVI y XVII donde la intervención de los habitantes de esta zona de España fuera crucial. Luis de Requesens –procedente de una familia catalana enraizada en Castilla– y la batalla de Lepanto son las más famosas excepciones. Según distintos historiadores navales, el almirante catalán asesoró directamente a don Juan de Austria sobre la estrategia que debía aplicar el bando cristiano en «la más alta ocasión que vieron los siglos», que dijo Miguel de Cervantes.
Bien es cierto que la relación de esta familia con Castilla no era la habitual en la época entre los distintos reinos que conformaban la Monarquía hispánica. Se puede decir, en efecto, que los castellanos se encontraban conociendo a los aragoneses, y viceversa, cuando los Requesens –barones de Martorell (en la Provincia de Barcelona)– se tropezaron con los Zúñiga, unos nobles castellanos pero de origen navarro. De esta forma, el padre de Luis de Requesens, Juan de Zúñiga y Avellaneda –consejero personal de Carlos I de España– se casó con Estefanía de Requesens, señora de la villa de Molins de Rey. Las capitulaciones matrimoniales precisaban que el heredero debía utilizar en primer lugar el apellido materno.
Nacido en Barcelona el 25 de agosto de 1528, Luis de Requesens y Zúñiga fue un niño enfermizo al que en una ocasión casi se le dio por fallecido, pero su madre lo llevó al altar de Nuestra Señora en Montserrat, donde al poco tiempo comenzó a recobrar el aliento. No en vano, la historia tenía reservada grandes gestas al joven catalán que, por destinos de la vida, iba a recibir la educación de un Príncipe. A principios de 1535, su padre fue nombrado ayo del Príncipe don Felipe y se llevó a su hijo a la Corte, donde ejerció como paje del futuro monarca. La cercanía con el Príncipe le convirtió en su compañero de juegos, el encargado de llevar el guion real (el estandarte) y en su confidente. En 1543, fue designado para acompañar al Príncipe de Asturias en su boda con María de Portugal, que falleció por sobreparto dos años después. El noble catalán acudió junto a su amigo cuando, deprimido por la muerte de su joven esposa, se retiró temporalmente al Monasterio del Abrojo.

Embajador en la Santa Sede

La estrecha relación de Luis de Requesens con el Príncipe de Asturias le situó, llegado a adulto, como un fiel y polivalente servidor de la Corona. Un hombre tan capaz de encargarse de materias diplomáticas como de empresas militares. Y ni siquiera el fallecimiento de su padre en 1546 pudo retrasar el ascenso político del catalán al que el Emperador le concedió la Encomienda Mayor de Castilla, ostentado por su padre hasta su muerte, y fue nombrado caballero de la Orden de Santiago antes de cumplir los 23 años. A petición de Carlos I, esta orden militar armó cuatro galeras para combatir a los turcos en el Mediterráneo y puso al frente a Luis de Requesens. Las cruzadas reales llamaban a la puerta del noble.
Pero antes de enfrascarle en la guerra mediterránea, Felipe II tenía otros planes para su amigo de la infancia. En diciembre de 1561, Requesens fue nombrado por el monarca Embajador de España ante la Santa Sede, en cuyo solio pontificio se sentaba el Papa Pío IV. Como diplomático, su mayor éxito fue conseguir la elección del dominico Antonio Michele Ghiselieri como Papa, con el nombre de Pío V, que sería a la postre el impulsor de la Santa Liga contra el Turco. Además, durante su estancia en Roma le tocó lidiar con las quejas del Papa al proceso que el Rey español consintió contra el cardenal-arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza.
De un cargo diplomático a uno militar. Felipe II nombró a su hermanastro Juan de Austria como Capitán general de la Mar, pero al ser muy joven encargó a Requesens tutelarle en su servicio, para lo cual le concedió los más amplios poderes. Y aunque la flota hispánica no protagonizó grandes acciones, se lograron impedir los saqueos que los hermanos Barbarroja realizaban hasta entonces impunemente a las costas del Levante español e islas de Baleares y se cimentó la amistad entre Juan de Austria y Luis de Requesens. Al terminar la temporada de maniobras navales, el Rey volvió a ordenar al catalán que regresara a Roma, pero el levantamiento de los moriscos en el reino de Granada volvió a unir pronto su destino al del hermanastro del Rey.

Acompaña a Juan de Austria en su cruzada

Felipe II se propuso eliminar definitivamente los resquicios musulmanes de «la diócesis menos cristiana de toda la Cristiandad» –como la había definido el Papa– y espantar la posibilidad de que los moriscos ayudaran a los turcos a realizar un ataque directamente en suelo patrio. Las amenazas desde Madrid prendieron el levantamiento armado el día de Navidad de 1568, que se extendió por las escarpadas montañas granadinas. Además de pródiga en episodios de extrema violencia, la Rebelión de las Alpujarras tuvo una duración, dos años, mucho mayor de la prevista por el monarca. El motivo estuvo en la descoordinación entre los marqueses de Vélez y de Mondéjar, así como en la escasa calidad de las tropas que residían en la península —las unidades de élite estaban en Flandes y en Italia—. Precisamente para remediar estas carencias, don Juan de Austria, junto a Luis de Requesens, fueron puestos al mando de soldados enviados desde Italia.
Aunque la lucha fue complicada y Juan de Austria –cuya actuación tuvo mucho que ver en que fuera designado almirante general de la Santa Alianza en Lepanto–, la victoria cristiana llegó en 1571 y trajo consigo una deportación general de los 80.000 moriscos granadinos hacia otros lugares de la Corona de Castilla, especialmente hacía Andalucía Occidental y las dos Castillas. Y con el final de la campaña, los dos héroes del imperio regresaron al mar, donde a Requesens le fue encomendada la preparación de la escuadra y ejército españoles que debían unirse a la Santa Liga, siendo formada esta expedición en el puerto de Barcelona, que se proponía enfrentarse a la temida flota turca.
Para muchos historiadores, Luis de Requesens estuvo detrás de las decisiones estratégicas que marcaron el éxito del bando cristiano. Entre ellas, la orden de repartir a la infantería hispánica entre los barcos venecianos que iban vacíos de soldados armados o de conceder el protagonismo a los arcabuceros, los cuales se mostraron determinantes durante la contienda. Según las instrucciones del Rey, el noble catalán debía ejercer de segundo jefe de la Armada y como tutor de Juan de Austria «por su prudencia, buen juicio, virtudes diplomáticas, experiencia marinera en este mar y una respetada condición nobiliar». Además, era una de las tres personas, junto a don Álvaro de Bazán y don Juan Andrea Doria, que tenían que prestar su consentimiento a la posible decisión de presentar el combate.
Una vez en el golfo de Lepanto, donde los cristianos se impusieron a los otomanos y les causaron 30.000 bajas, Luis de Requesens combatió en una galera de la Orden de Santiago, pero prefirió quedar en un segundo plano, tanto por seguir las recomendaciones de su Rey como por el cariño y afecto que profesaba a don Juan de Austria al que no quiso restar protagonismo. Al terminar el combate, dirigió la recuperación de todos los bajeles posibles, mandando a continuación su reparación, para con ellos comenzar una expedición contra Túnez el año siguiente.
Sus maniobras políticas fueron decisivas para que la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto fuera llevada a Barcelona. Requesens, asimismo, prometió a la virgen que mandaría construir un convento en Villarejo de Salvanés –hoy en día presidido por dicha patrona– si ganaban la batalla.

La Guerra de Flandes: la tumba del Imperio

Estos éxitos militares y su fama de hombre conciliador llevaron a Felipe II a elegir a Luis de Requesens como nuevo gobernador de Flandes en sustitución del severo Gran Duque de Alba. Si bien el catalán no gozaba del talento militar de su predecesor, uno de los grandes generales de su tiempo, la debilidad de la hacienda real obligaba a buscar una solución pacífica a la rebelión local contra su soberano, el Rey Felipe II. Así, antes de partir para Bruselas, el nuevo gobernador publicó una amnistía general, la abolición del Tribunal de Tumultos, símbolo de la represión española, y la derogación del impuesto de las alcabalas. No obstante, el cambio de estrategia de la Monarquía hispánica fue interpretado entre las filas rebeldes como un síntoma de flaqueza y a finales del otoño de 1573, Requesens tuvo que recurrir nuevamente a las armas para imponer su autoridad.
En el mapa militar heredado del Gran Duque de Alba, aunque se mantenía bajo control la mayor parte de Flandes, se habían perdido las ciudades norteñas en la zona de Holanda y de Zelanda. En febrero de 1574 se extravió el importante puerto de Middelburg, lo cual obligó a Requesens a redoblar los esfuerzos navales, pero sin obtener grandes resultados. El Imperio español no tenía una flota adaptada a las características de las costas del norte de Europa y su auténtico poder manaba de la superioridad de su infantería, los Tercios Castellanos, que lograron imponerse en la batalla de Mook, en el valle del Mosa. Si bien el mando directo de los españoles lo tuvo en esa ocasión el abulense Sancho Dávila, la batalla de Mook es recordada como la máxima hazaña durante el gobierno del catalán y causó la muerte de dos hermanos de Guillermo de Orange, el cabecilla de la rebelión contra la Corona.
Aún así, Luis de Requesens no pudo aprovechar la victoria y, cuando las tropas españolas al mando del coronel Cristóbal de Mondragón –con el agua al cuello y soportando los disparos de los soldados y marinos holandeses– avanzaban hacia Zelanda, se extendió un motín generalizado entre los ejércitos hispánicos por la falta de pagas. Desde el cambio de gobernador, el Rey enviaba ingentes sumas de dinero (en 1574, concretamente, más del doble que en los dos años anteriores), pero los gastos del Ejército, que en esas fechas contaba con 86.000 hombres, superaban con creces las posibilidades económicas de la hacienda regia. El 1 de septiembre de 1575, Felipe II declaró la suspensión de pagos de los intereses de la deuda pública de Castilla y la financiación del Ejército de Flandes quedó en punto muerto.
Sin fondos, sin tropas y cercado por el enemigo que había aprovechado para contraatacar, Luis de Requesens trató de cerrar un pacto con las provincias católicas durante el tiempo que su salud se lo permitió. Enfermizo desde que era un niño, el catalán fue víctima de intermitentes fiebres durante toda su vida que estuvieron apunto de causarle la muerte en varias ocasiones. A los 47 años de edad, Luis de Requesens falleció en Bruselas el 5 de marzo de 1576, a causa posiblemente de la peste, dejando por primera vez inacabada una tarea que le había encomendado su Rey y amigo Felipe II. Su cuerpo fue trasladado a su ciudad natal, Barcelona, siendo enterrado en el panteón familiar de la capilla anexa al Palau.
La rapidez con la que se propagó la enfermedad imposibilitó que el Comendador de Castilla pudiera dejar orden de su sucesión y fue el conde de Mansfeld quien se hizo cargo temporalmente del mando. Casi dos años después, tras retrasar al máximo su partida, Juan de Austria –que también moriría en Flandes– tomó el relevo de su mentor como gobernador.
 
 
 

Los mayores descubridores del mundo



La literatura y el cine han sido durante décadas los encargados de contar los descubrimientos que se han sucedido a la largo de la historia. Quizás por ello grandes falacias se han dado por ciertas, beneficiando en gran medida a intereses británicos, cubiertos de gloria por hazañas que nunca han protagonizado y en el que españoles y portugueses han sido los más perjudicados.

España - 52 territorios

Océano Pacífico: Hawái, Filipinas, Islas Marianas, Islas Carolinas, Palaos, Islas Gilbert, Islas Marshall, Islas Santa Cruz, Islas Salomón, Islas de Almirantazgo, Nuevas Hébridas, Archipiélago Tuamotu, Islas de la Línea, Islas Cook, Islas Marquesas, Islas Pitcaim, Tahiti, Bahamas, Jamaica, Santo Domingo, Puerto Rico, Archipiélago de Guadalupe, Islas Vírgenes, Antigua y Barbuda, San Cristóbal y Nieves, Anguilla, Dominica, Martinica, Santa Lucía, Granada, Trinidad y Tobago, Islas Caimán, Bermuda, América continental, Islas de la reina Charlotte, Isla Vancouver, Isla Príncipe de Gales, Isla de San Clemente, Isla Sala y Gómez, Archipiélago de Juan Fernández e Islas Desventuradas.
Océano Índico: Islas Ellice, Isla de Ámsterdam, Nueva Zelanda (Isla Norte) e Isla Vava’u.
Océano Atlántico: Islas Galápagos, Islas Malvinas, Isla de Cuba, Islas Georgias del Sur y Curazao, Aruba y Buenaire.
Océano Antártico: Antártida e Isla de Tierra del Fuego.

Portugal - 37 territorios

Océano Pacífico: Japón, Isla de Formosa e Isla Hainan.
Océano Índico: Nueva Guinea, Australia, Timor, Islas Mascareñas, Madagascar, Islas Maldivas, Isla de Java, Isla de Borneo, Isla de Sumatra, Islas Célebes, Islas Seychelles, Isla San Pablo, Isla de Bali, Isla de Flores e Islas Molucas.
Océano Atlántico: Isla Santa Helena, Archipiélago Tristán da Cunha, Islas Trinidade y Martim Vaz, Isla de Gough, Isla Ascensión, Islas Santo Tomé y Príncipe, Islas de Cabo Verde, Ceylán, Islas Socotra, Archipiélago de Chagos, Madeira, Islas Azores, Islas Pantalla completa Fernando de Noronha, Islas de San Pedro y San Pablo, Isla Rodrigues, Labrador y Groenlandia.

Países Bajos - 10 territorios

Océano Índico: Tasmania, Archipiélago Svalbard, Isla de Pascua, Islas Fidji, Islas Niue, Islas Tonga, Samoa, Isla Navidad, Islas del Príncipe Eduardo y Nueva Zelanda (Isla Sur).

Gran Bretaña - 10 territorios

Océano Índico: Islas Cocos, Nueva Caledonia e Isla Lord Howe.
Océano Atlántico: Islas Sandwich del Sur e Isla Newfoundland.
Océano Ártico: Isla Ellesmere, Isla Baffin, Isla de Banks e Isla Victoria.

Rusia - 10 territorios

Océano Pacífico: Islas Aleutianas, Marca de posición 99, Islas Commander, Isla Kodiak, Isla Nunivak, Archipiélago Alexander e Isla Sakhalin.
Océano Ártico: Severnaya Zemlya, Islas de Nueva Siberia e Isla Wrangel.

Francia - 6 territotios

Océano Índico: Islas Crozet e Islas Kerguelen.
Océano Atlántico: Isla Bouvet, Isla del Príncipe Eduardo, Isla Anticosti y Long Island.

Austria - 1 territorio

Océano Ártico: Archipiélago Francisco José.

ZIMBABWE KID

 
 
En Australia, hasta los años 60 ,los nativos - aborígenes australianos se situaban dentro del Acta de Fauna y Flora , clasificados como animales , no como seres humanos.

Australia , Until 1960s , Aborigines came under the Flora and Faune Act , classified then as animals, not human beings.

#whitesupremacy #racism #Australia #zkblast


Vamos a ver si cuando desde medios anglosajones manifiesten opiniones de que los Españoles acabaron con los aborígenes y los exterminaron.........

La Leyenda Negra se ha encargado de crear odio y manipulación hacia España cuando los mayores exterminios fueron aparados al norte de Europa , no al sur como se nos vende día si y día también.



https://www.facebook.com/ZIMBABWEKID


http://historiasdelahistoria.com/2014/07/25/cuando-se-pagaban-cinco-libras-por-la-captura-de-un-aborigen-en-tasmania

sábado, 20 de diciembre de 2014

De esto no se habla: las repetidas invasiones españolas de las islas Británicas

fuente:http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-11-22/de-esto-no-se-habla-las-repetidas-invasiones-espanolas-de-las-islas-britanicas_500789/#lpu6WxsWMltIxcXk

Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo. Unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen.
–Eduardo Galeano
 
Por el procedimiento de negar la mayor y opacar verdades incontestables, la historia de Inglaterra nos habla de una isla fortín a prueba de invasiones. Nada más incierto.

Los ingleses siempre han tenido la habilidad para ocultar sus derrotas hasta hacerlas parecer una pelea de kindergarten, trifulcas de callejón o rumores en lontananza, así como quien no quiere la cosa. Los españoles, sin embargo, magnificamos nuestros fracasos cuando la realidad de la historia nos dice que la economía y su brazo armado, los ejércitos, funcionan por asaltos en un vaivén pendular ora favorable ora desfavorable.

Las muchas, y en general fructíferas, invasiones de Inglaterra llevaron sello español durante 400 años
Tenemos un gusto insano por el autoflagelamiento y una amnesia aguda ante las gestas de nuestros antepasados.

Las muchas, y en general fructíferas, invasiones de Inglaterra –por otra parte un gran rival–, llevaron sello español durante cuatrocientos años. No hay que olvidar que la reina Isabel I de Inglaterra, mientras que condenaba a Drake al ostracismo, hacia alarde de la victoria (en realidad desastre sin paliativos) de la Contraarmada que ataco La Coruña y Lisboa al año siguiente del fracaso de nuestra Felicísima Armada.

La historia de España es grandiosa y desconocida, a la par que deformada. No se es español de izquierdas o de derechas, se es español. Los asuntos internos nos pueden llevar a concluir si queremos el potaje con chorizo o con grelos, pero nunca a perder la identidad de la madre que nos alumbró. Además, debemos recordar que un pueblo sin historia al igual que una persona sin pasado, pierden su identidad y se convierten en amalgama, o lo que es lo mismo, se acaba dejando de jugar en primera división, se visita el Hades, y, cuando esto ocurre, nunca se sabe por cuánto tiempo.

Parece que desde que el normando Guillermo el Conquistador en 1066 les aplicara un severo correctivo en Hastings, al sur de Londres, batalla que quedó reflejada para la historia en el famoso tapiz de Bayeux, hasta que los alemanes en los prolegómenos de la II Guerra Mundial invadieran las islas del Canal con más simbolismo que otra cosa, no había ocurrido casi nada en ese interregno. Pues nada más lejos de la verdad.

Guillermo I 'El Conquistador'

Guillermo I 'El Conquistador'

Resulta que durante cerca de cuatro siglos, desde mediados del XIV hasta entrado el XVIII, primero los castellanos y más tarde la Corona española, visitaron con una frecuencia sostenida y muchas veces contundente, a los arrogantes isleños del otro lado de Canal de la Mancha. Por supuesto, la historia oficial de los británicos aplica una severa cortina de silencio o Damnatio Memoriae sobre los hechos irrefutables de las diferentes invasiones y desembarcos acontecidos, para así no perjudicar su imagen de inexpugnables.

Ya el insigne almirante castellano Sánchez de Tovar montaría en cólera tras la quema por la flota inglesa del Conde de Salisbury de siete naves mercantes castellanas ancladas en la rada de Saint-Malo en marzo de 1373, tras pasar a cuchillo a todas las tripulaciones. Ocurría esto en el contexto de la Guerra de los Cien años. Esta provocación inglesa supondría a posteriori el saqueo e incendio del puerto de Londres en un memorable y audaz ataque de este ilustre marino.

Para tragedia de los castellanos, el botín embarcado en las rapidísimas galeras de bajo bordo debería de ser devuelto al mar casi en su totalidad. Tal era la magnitud de lo embarcado, que el agua del proceloso mar desafiaba los más elementales principios de Arquímedes, hasta el punto de que hubo que retornar al fondo del Canal de la Mancha una gran parte de lo incautado. Pero la cosa no quedó ahí.

Unos años más tarde, la tragedia de la Empresa de Inglaterra o Felicísima Armada –apodada por los ingleses como la Armada Invencible– supuso la pérdida de la cuarta parte de las naves a manos de las fauces atlánticas en aquel desafortunado tiempo desatado. El imperio español habría tenido la oportunidad de destrozar a la armada inglesa en Plymouth de haber seguido las instrucciones del almirante vasco Juan Martínez de Recalde, segundo comandante de la Armada, intentará nuevas acometidas.

En ese año de 1597 una nueva fuerza superior a la de la armada de 1588, se ponía en marcha con la clara intención de llevar a cabo el propósito de invadir las islas británicas

El 26 de julio de 1595, Juan del Águila y su segundo, el capitán vizcaíno Carlos de Amezqueta, en un arrebato más que temerario y que ha pasado a los anales de la historia militar de todos los tiempos, decidieron pegar fuego a media docena de ciudades en la costa suroeste de Inglaterra. El resultado se saldó con la incautación de todo lo que tuviera algún brillo, de la cerveza acumulada en tinaja y pellejo, y del indulto del único pub de Mousehole, ciudad de referencia (entonces), de la durísima costa de Cornualles.
En ese año de 1597, ya entrado el otoño, una nueva fuerza superior a la de la armada de 1588, se ponía en marcha con la clara intención de llevar a cabo el propósito de invadir las islas británicas. Más de 160 barcos diseñados con alto bordo y bien artillados, y con una marinería bien entrenada, ponían sus miras en la gran empresa que venía resistiéndose desde hacía años.
Hay que recordar que antes de que se armara esta segunda flota, cerca de dos millares de náufragos de la infortunada armada, habían arribado –que no invadido–, de forma dislocada y arbitraria, a Irlanda y Escocia luchando con diferente suerte contra fuerzas abrumadoramente superiores. Los irlandeses, muy dispuestos y afines a la causa católica, albergaron y escondieron a muchos de ellos.
Nuevamente, las tormentas frustrarían la operación española, aunque en esta ocasión no se produjeron ni las pérdidas humanas ni las navales de la ocasión anterior. Sin embargo, siete navíos conseguirían llegar a Falmouth para desembarcar a 400 soldados que se atrincheraron en la zona en posición de combate. Transcurridos unos días, y tras comprobar que la invasión se había frustrado y que los refuerzos no llegaban, reembarcaron. Se podría calificar de desembarco fallido, pero allá estuvimos. El golfo de Vizcaya se mostraba una vez más como una fiera abisal e indomable.
Cerca de 4.500 hombres perfectamente entrenados, tercios duros y bragados, tomarían posiciones sólidas

La guerra de resistencia de los irlandeses y finalmente el Tratado de Londres, muy beneficioso para nuestras armas, saldaría favorablemente para los peninsulares la Guerra anglo-española. Probablemente habría que haber rematado, pero fuimos generosos.

Nuevas acciones contra Inglaterra

Para el año 1601, España debía un favor de palabra a los entregados irlandeses que no solo habían colaborado en la crucial derrota del turco en Lepanto, sino que batallaban en los diferentes frentes que la Corona española tenia abiertos a lo largo y ancho del mundo. Esto obligaría a Felipe III a contribuir a la financiación y apoyo de los insurrectos irlandeses en su batalla sin fin contra los invasores ingleses. Finalmente una expedición militar comandada por el ilustre Juan del Águila desembarcaría erróneamente en el sur de la isla en otro punto distinto a Cork, llamado Kinsale.
Cerca de cuatro mil quinientos hombres perfectamente entrenados, tercios duros y bragados, tomarían posiciones sólidas. Pero quiso la mala fortuna que los invasores españoles fueran sitiados y que los irlandeses que iban a servir de apoyo y guía no aparecieran en el momento adecuado, lo que implicaría unas tablas técnicas con los ingleses, afortunadamente negociadas de buena manera por ambas partes.

Más tarde, cerca de un siglo después, un aciago tratado, el de Utrecht, que pondría fin a la guerra de Sucesión española, beneficiaría enormemente a Inglaterra, perjudicando de manera rotunda a España. No sólo se perdieron los Países Bajos y las posesiones italianas en las que se estaba presente desde la Edad Media, sino que además, Gibraltar y Menorca dejarían de ser parte nuestro solar patrio. Un desastre para un imperio sobreexpandido que por primera vez recibía una advertencia seria. Al otro lado del Cantábrico había un competidor de altura y a tener en cuenta.

Retrato de Felipe V dibujado por Louis-Michel van Loo

Retrato de Felipe V dibujado por Louis-Michel van Loo

Pero el descontento y la frustración anidaban dentro de la resaca de la derrota. Felipe V, intentaría darle la vuelta a ese tratado mediante operaciones encubiertas y alianzas militares.
En beneficio de nuestros actuales socios comunitarios, hay que recordar que siempre fueron unos adversarios dignos. Ya en el año 1596, el almirante Howard llegó a saquear Cádiz con una casi absoluta impunidad, aunque en 1626, en otro intento, saldrían severamente escaldados –por no calificar de hecatombe– la acción de la flota inglesa.

En 1589, el pirata Francis Drake dirigiría una expedición (la Contraarmada) hostigando los puertos de La Coruña y Lisboa aprovechando la ventaja estratégica ocasionada por el fracaso del año anterior de la  Felicísima Armada. Aunque las tropas inglesas llegarían a pisar suelo ibérico, sufrirían un descalabro descomunal y en consecuencia, sendas derrotas. Las pérdidas en hombres, barcos y dineros de Drake y de su belicosa reina superaron sobradamente las de Felipe II el año anterior en su infortunada experiencia contra los elementos.

Último asalto

El último desembarco español en las islas Británicas ocurrió en Escocia. Del Tratado de Utrecht que puso fin a la guerra de Sucesión española, el país más beneficiado sin duda alguna, fue Inglaterra y la más perjudicada, España. En cuanto se hicieron las paces, el nuevo rey, el Borbón Felipe V, no dejaría de trajinar hasta conseguir la revancha.

En aquella época, en Inglaterra reinaba Jorge I (1714-1727) de la dinastía alemana de los Hannover. Ciertamente no era un monarca muy popular, y era rechazado por los irlandeses, escoceses y católicos ingleses. Su presuntuoso afán de hablar en alemán a sus súbditos insulares le granjearía una galopante impopularidad. Llegaría al poder tras ningunear los innumerables derechos sucesorios de los católicos locales. Los Estuardo y sus numerosos partidarios, los jacobitas, a través de Jacobo III hijo del a su vez  derrocado padre, pedían a las cortes católicas continentales, ayuda para recobrar su trono.

Felipe V, intentaría darle la vuelta a ese tratado, mediante operaciones encubiertas y alianzas militares

Allá por el año del señor de 1719, Felipe V y el cardenal Alberoni, descontentos con la tijera de Utrecht, acordarían con exiliados y agentes británicos e irlandeses la invasión de Inglaterra y el derrocamiento del monarca teutón que a la sazón llevaba las bridas del imperio aspirante a derrocar al hegemón hispánico. La clave consistía en enviar una restringida fuerza naval a Escocia, con tropas y armas para los apaleados jacobitas. La idea consistía en tender una celada una vez que el ejército inglés hubiera marchado hacia el norte cruzando la Muralla de Adriano. Entonces, una fuerza naval de más envergadura, con unos 5.000 soldados y 30.000 mosquetes, desembarcaría en Gales o en Cornualles y armaría a los jacobitas y todos juntos y contentos, marcharían hacia Londres.

Lo cierto es que la flota grande no pudo zarpar de La Coruña a su debido tiempo dada la habitual mala mar en la época en cuestión, pero la expedición destinada a Escocia y formada por dos fragatas y 307 infantes de marina con 2.000 mosquetes, había salido días antes de San Sebastián. El cuatro de abril, las dos fragatas arribaron a la isla de Lewis, la más grande del archipiélago de las Hébridas y se apoderaron de su capital. Hasta ahí, todo iba razonablemente bien aunque el desfase con los objetivos hacía presagiar lo peor.

Batalla de Glenshiel

La pérdida de imagen y el deterioro militar galopante de España en beneficio de Inglaterra era más que patente. En aquel momento, Gran Bretaña enfrentaba una cruenta guerra civil debido a las pretensiones dinásticas al trono de Jacobo III Estuardo, último rey católico de Inglaterra. A este conflicto se añadía la derivada de las constantes revueltas nacionalistas en Escocia, que eran el pan nuestro de cada día.

Alberoni, cardenal ínclito y asesor de Felipe V, decidiría pasar a la acción ante el deterioro flagrante del prestigio del coloso que éramos y de los titubeos del monarca a la hora de tomar decisiones de transcendencia. Y pasamos a la acción.

Originalmente el plan del cardenal Alberoni constaba de dos fases. En la primera de ellas, se infiltrarían en Escocia 300 infantes de marina españoles con el fin de levantar a los clanes del oeste. Esta maniobra de distracción tenía como objetivo obligar a los ingleses a llevar más tropas y barcos hacia el norte, dejando desprotegido el sur de la isla.

La batalla de Glenshiel fue el último combate en el que los británicos se enfrentaron contra fuerzas extranjeras en su propia isla

Pero el fracaso en las adhesiones de los highlanders, poco motivados ante las perspectivas de un escarmiento inglés y la falta de noticias del desembarco de los españoles en el sur de la isla, mermó notablemente el entusiasmo bélico de los locales. Habida cuenta de que el ángulo de optimismo se iba reduciendo por momentos, una buena parte de los españoles se parapetaron en el castillo de Eilean Donan, fortaleza emplazada en un paraje de ensueño y conectada a tierra firme por un puente de piedra que penetraba profundamente en el gélido Lago Alsh.

Los británicos enviaron un importante destacamento naval que fue recibido con poca cortesía. Como respuesta, un bombardeo atroz y sostenido durante una semana, acabaría caducando los tímpanos de los sitiados y rindiendo el castillo. Los partidarios del Estuardo serian ejecutados, acusados ipso facto por alta traición y los españoles llevados a las fragatas y conducidos cerca de Edimburgo, donde serían encarcelados hasta la espera de un oportuno trueque.

La batalla de Glenshiel fue el último combate en el que los británicos se enfrentaron contra fuerzas extranjeras en su propia isla. El 10 de junio de 1719, en Escocia occidental, las fuerzas reales británicas derrotaron a varios clanes jacobitas escoceses e infantes de marina españoles tras una cruenta lucha que duraría hasta cerrado el día.

El año 1719 marca el punto de inflexión de la elasticidad del imperio español. La presión coordinada de los frentes abiertos, el coste económico y humano de las continuas guerras, el declive del empuje  colonizador, y todo ello sumado a la increíble incompetencia de las cabezas pensantes, sellan un nuevo orden estratégico internacional en el que de a poco nos iríamos difuminando.
El mar salvador que protegió a Inglaterra cual muralla invisible, fue a su vez la tumba de muchos marinos españoles y de un sueño quebrado por los elementos.

La ley de matrimonios mixtos que cambió la colonización de América

Fuente : http://www.elmundo.es/la-aventura-de-la-historia/2014/06/10/5396e7af268e3e54428b4587.html?cid=SMBOSO25301&s_kw=Facebook

http://www.abc.es/cultura/20140216/abci-amores-conquistadores-mestizaje-pizarro-201402152100.html



Los contactos entre los conquistadores y las mujeres nativas fueron un problema y una característica de la conquista de América.

El matrimonio también era una herramienta para la conversión de los indios. En 1503, los Reyes Católicos fomentaron los matrimonios mixtos

 
"Me arañó de tal modo con sus uñas que yo no hubiese querido entonces haber comenzado", con lo que respondió golpeándola con una correa "de modo que lanzaba gritos inauditos". El relato pertenece al italiano Miguel de Cuneo, un cronista que acompañó a Cristóbal Colón durante su segundo viaje a América, tal y como describe en su Relación de 1495 sus escarceos con una mujer taína que le había regalado el propio Almirante.
Los contactos entre los conquistadores y las mujeres nativas fueron un problema y una característica de la conquista de América. La situación, aunque no siempre llegó a los extremos que narra Cuneo, estuvo llena de irregularidades y vacíos jurídicos. Fue la importancia de regularizar tales uniones lo que llevó al rey Fernando el Católico a aprobar en 1514 una real cédula que validaba cualquier matrimonio entre varones castellanos y mujeres indígenas.
La ley de 1514 sería en una de las principales características de la experiencia colonial española: el mestizaje
La ley de 1514, cuyo quinto centenario se celebra este año, reconocía de forma legal una realidad que se convertiría en una de las principales características de la experiencia colonial española, y cuyas consecuencias afectarían el entramado social de Sudamérica hasta nuestros días: el mestizaje.Probablemente la de Cuneo sea la primera referencia escrita de abusos sexuales por parte de colonos en América, aunque no todas las relaciones entre españoles e indígenas respondieron a este patrón.




Sin embargo, es cierto que la casi total ausencia de mujeres castellanas en las Américas causó problemas desde el principio, y determinó la tendencia a buscar esposas o parejas no formales entre las mujeres locales. Cristóbal Colón atribuyó la destrucción del fuerte Navidad, fundado en su primer viaje, al hábito de los castellanos de amancebarse con hasta "cuatro mugeres" y de apropiarse de las nativas a placer.
Las relaciones entre castellanos e indias crecieron exponencialmente a medida que la colonización de las islas caribeñas iba avanzando. Muchos colonos desposaron a las hijas de caciques locales con el objetivo de heredar tierras y mano de obra. Esta táctica matrimonial, practicada con asiduidad en La Española, llamó la atención del tercer gobernador de la isla, fray Nicolás de Ovando.

Una cuestión política

Tales matrimonios suponían la peligrosa creación de una nobleza basada en la tierra, reconocida por los nativos pero encabezada por españoles. Ovando trató de limitar los matrimonios mixtos, todavía en el limbo legal, imponiendo una licencia matrimonial y otorgando encomiendas a quienes se habían casado con las hijas de caciques en territorios alejados de las tribus a las que pertenecían. La mezcla de ambos grupos, además de ser una necesidad obvia, se había convertido en una cuestión política.
La validez de estas uniones matrimoniales se veían afectadas además por un problema legal añadido: el del status jurídico de los indios. Los indios, según entendió Colón desde el principio, podían ser esclavizados. Sin embargo, la corona tenía una interpretación diferente. Ya en 1495, la reina Isabel la Católica se había visto obligada a intervenir para evitar que el Almirante vendiera cuatro nativos americanos que había traído consigo de su segundo viaje.
La mezcla de ambos grupos, además de ser una necesidad obvia, se había convertido en una cuestión política.
La ambigua situación de los indios creaba una gran incertidumbre acerca de la legalidad de los matrimonios mixtos y su descendencia. Tal incertidumbre desapareció a principios del siglo XVI. Si bien la postura oficial de los Reyes Católicos con respecto a los indios era aún imprecisa en 1495, tan sólo cinco años más tarde, en 1500, los monarcas publicaron una real cédula prohibiendo su esclavización.
La política de protección de los nativos americanos iniciada por Isabel fue continuada por su cónyuge, el rey Fernando: las Leyes de Burgos, promulgadas en 1512 y complementadas por las Leyes de Valladolid de 1513, trataron de suprimir los abusos de los colonos españoles en ultramar, al tiempo que buscaban la conversión de los indígenas y su sujeción al entramado colonial.
En este contexto, la real cédula de 1514, aunque de mucha menor envergadura, suponía un gran avance en la afirmación de los derechos de los indios. A pesar de la frecuencia con la que varones castellanos se emparejaban con mujeres nativas con anterioridad a la real cédula de 1514, la ley se consideraba necesaria dado que la mayoría de estas relaciones carecían de un verdadero status legal.
La convivencia variaba desde meras mujeres de compañía hasta esposas, formalizadas a veces a través de ritos indios y no cristianos. Fray Bartolomé de las Casas afirmaba que el grado de amancebamiento era tal que los colonos se referían a sus parejas con el término "criadas".

Herramienta para la conversión

No obstante, y a pesar de la abundancia de casos de convivencia fuera del matrimonio que se daba en América, las uniones reconocidas parecen haber sido la regla general. Según el historiador británico Hugh Thomas, el repartimiento de 1514 organizado por Rodrigo de Alburquerque sugería que la mitad de los colonos castellanos de La Española estaban formalmente casados con mujeres indígenas.
El matrimonio también era una herramienta para la conversión de los indios. En 1503, los Reyes Católicos enviaron una ordenanza al gobernador Ovando instándole a fomentar los matrimonios mixtos con la esperanza de facilitar la tarea evangelizadora.

Un ejemplo especialmente importante fue la política de enlaces matrimoniales que Cortés empleo con los herederos de Moctezuma, entre ellos, los de Isabel de Moctezuma. Isabel de Moctezuma, hija del emperador mexica Moctezuma II, nació con el nombre de Tecuichpo Ixcazochitzin. Siendo aún niña fue desposada con el noble Atlixcatzin, quien murió en 1520.

Tras la muerte de Moctezuma, Tecuichpo se casó sucesivamente con los dos emperadores que sucedieron a su padre, Cuitláhuac y Cuauhtemoc, convirtiéndose en la última emperatriz azteca. La conquista de Tenochtitlán supuso un cambio radical de gobierno al que Tecuichpo sobrevivió convirtiéndose al catolicismo y adoptando el nombre de Isabel.

Isabel de Moctezuma: Una mujer crucial

Isabel de Moctezuma fue desposada en 1526 con Alonso de Grado, uno de los lugartenientes de Cortés. Este enlace encarna la política de integración adoptada por Cortés con el objetivo de incluir a la estructura de poder azteca dentro del entramado colonial español y, al mismo tiempo, el intento por parte de los españoles de legitimar su dominio sobre Méjico a través de la autoridad de los gobernantes aztecas.

El matrimonio de Isabel de Moctezuma con Alonso de Grado incluía como encomienda la ciudad de Tacuba, y era la mayor propiedad en el Valle de Méjico. Alonso de Grado murió sin dejar descendencia, e Isabel se casaría otras dos veces, e incluso daría a luz a un hijo ilegítimo de Hernán Cortés. De su último matrimonio con el español Juan Cano, Isabel engendró cinco hijos que iniciarían la genealogía de los duques de Miravalle, título aún existente y uno de los muchos legados directos de la conquista española de Méjico.
Con sus seis matrimonios, y viuda tres veces antes de cumplir los dieciocho años, Isabel de Moctezuma fue una de las grandes figuras femeninas de la conquista y del mestizaje. Sus matrimonios con lugartenientes de Cortés respondían a una razón simbólica: Isabel era la última emperatriz de los aztecas.

El matrimonio no sólo era una herramienta para la conversión, sino también para la integración cultural y la hispanización. Isabel de Moctezuma encarna en su persona la unión cultural entre la América Precolombina y la España imperial, unión de la que emergería Hispanoamérica.
A pesar de su importancia, la real cédula de 1514 no fue percibida como una gran innovación por sus contemporáneos. Comprendida entre los grandes cuerpos jurídicos de las Leyes de Burgos de 1512 y las Leyes Nuevas de 1542 que sentarían las bases del Derecho Indiano, la real cédula además adolecía de dificultades obvias en cuanto a aplicación y control.

Si bien es cierto que las uniones entre españoles e indias ya eran numerosas antes de 1514, la real cédula sentó las bases de un cambio social desconocido hasta entonces.

Al reconocer la posibilidad del matrimonio entre ambas razas, la cédula de Fernando el Católico sirvió para llenar un vacío legislativo referente a la condición legal de los indios, asegurando la absoluta legitimidad e igualdad de la descendencia que surgiera de los matrimonios mixtos comparados con los matrimonios de Castilla.

No sólo reconocía una realidad ya existente. También abría la puerta al mestizaje y a la simbiosis cultural, que fueron características exclusivas del imperio español, y que hicieron única a la experiencia colonial española en comparación con los demás imperios europeos.

Coracero español de 1810


EL último combate de " El Glorioso "

Augusto Ferrer-Dalmau Nieto
El último combate de " El Glorioso "


Fuente :http://es.wikipedia.org/wiki/Carrera_del_Glorioso

La carrera del Glorioso, Los combates del Glorioso o El viaje del Glorioso es como se conoce a una serie de cuatro enfrentamientos navales que tuvieron lugar en 1747, durante la guerra del Asiento, y en el marco de la Guerra de Sucesión Austríaca, entre el navío de línea de la Real Armada Española Glorioso, de 70 cañones, y varios escuadrones de navíos y fragatas ingleses que trataban de capturarlo.
El Glorioso, que transportaba cuatro millones de pesos de plata desde América, consiguió repeler dos ataques ingleses, uno en las costas de las Azores, y otro más frente al Cabo de Finisterre antes de desembarcar su carga en el puerto gallego de Corcubión.







Varios días después de dejar su carga a buen recaudo, mientras navegaba hacia Cádiz para acometer reparaciones, el Glorioso fue atacado sucesivamente por cuatro fragatas corsarias inglesas, y por los navíos Darmouth y Russell, cerca del Cabo de San Vicente. En el transcurso de estos dos últimos enfrentamientos, el navío español dejó fuera de combate a las 4 fragatas, e hizo estallar al navío inglés Darmouth, muriendo casi toda su tripulación. Finalmente, el navío Russell, de 80 cañones, consiguió capturar al barco español tras agotar el Glorioso toda su munición.[1] Los ingleses lo condujeron entonces a Lisboa, donde el Glorioso, tras ser detenidamente inspeccionado, fue desguazado debido a los enormes daños que había sufrido. El capitán español y la tripulación superviviente fueron llevados posteriormente a Gran Bretaña en calidad de prisioneros de guerra, ganándose la admiración de sus enemigos y siendo considerados héroes en España.

Como consecuencia de estos hechos, varios oficiales británicos fueron sometidos a un consejo de guerra y expulsados de la Royal Navy por incompetencia ante el enemigo.